Por:
Edilma Murillo Oliveros
Mary Nancy Moreno Perea
Reyes Enrique Martínez Moreno
Es un día viernes, y son las 6 de la mañana. Iniciamos un
recorrido de observación en plena orilla del rio en el puerto arenero, y el
puerto platanero, en la escala principal de la subida al segundo piso del
mercado. A este lugar convergen gran
cantidad de gente que están en constante movimiento en su diario quehacer. Los
botes grandes medianos y pequeños que llegan cargados, procedentes de diversas
playas, son centros de recolección de
arena clasificada en fina, arenón y
revoltura. Esta arena es la que venden utilizan para la construcción de edificaciones
en Quibdó y pueblos aledaños.
Las personas que llegan a este
puerto ya tienen determinados los días de la semana para realizar diferentes
actividades: los lunes y martes llegan
de otras poblaciones vecinas a realizar trámites médicos y a realizar
negocios de bancos y otras actividades de tipo personal, los fines de semana,
vienen a realizar mercados y a proveerse de víveres y enseres que les permitan
sobrevivir realizando sus actividades cotidianas, como también a vender lo producido como producto de sus trabajos en la circulación de la economía tradicional durante la semana.
En la tranquilidad de la mañana y
con la serenidad que transmite el rio Atrato, podemos escuchar la cuchilla de
un aserrío, el cual se encuentra a mano derecha de la única calle que permite
entrar a este sector directamente desde la 20 o mejor dicho, desde la parte
frontal de la mal llamada plaza de mercado.
Se confunden pues, los ruidos vocales de las personas que allí
trabajan gritando para la consecución del ordenamiento de la madera y el
comprador que vocifera averiguando por el valor de cada precio de la docena de
tabla, con la clasificación que amerita cada necesidad como son: portaletes, cuatro por
cuatro, tablones, guayacanes, tablas traslapadas etc., etc.
Algunas mujeres que se encuentran
desprevenidas realizando sus oficios diarios, caminan en forma lenta y
desgarbadas, como si el peso de la vida pusiera límite a sus pies para
separarlos de la tierra en cada paso que les permite avanzar, es como si al
estar caminando quisieran detenerse para mirar a su alrededor y darse cuenta en
donde están transitando. Al caminar tienen una mirada fija que no se alcanza a
dimensionar hacia donde está dirigida,
pues además de caminar lento, caminan cabizbajas, se les nota una actitud de
desinterés y a la vez de conformismo como si en alguna parte lejana, se les hubiera quedado la esperanza.
Algunos niños están parados en las
puertas de sus casas. Por sus semblantes se puede entender que acaban de levantarse. Algunas señoras salen
de las casas con las manos vacías, como si fuesen en busca del pan del día. Los
niños las observan desde sus sitios matutinos un tanto semidesnudos con la boca
entreabierta así como hacen los pajaritos cuando la madre pájara se aleja del
nido, con la seguridad de que algo ha de traer a su regreso.
No puede pasar desapercibida, una casa
de tres pisos construida en madera
y cuyo techo está hecho con láminas de zinc, el cual se está desarmando como si no tuviese
dueño, ya que parece un palomar en abandono.
La briza matutina del rio, hace que las láminas se muevan
constantemente, produciendo un ruido similar al de una carreta cuando está sin
aceitar. Cuando la briza se apresura y toma fuerza, ésta, levanta las láminas y
las azota contra el maderaje viejo, como si tuviera rabia de que a la gente no
le importase el peligro que pudieran afrontar si llegara a desprenderse algún
pedazo de lámina vieja de este techo.
En el primer piso de la casona
vieja, unos muchachos jóvenes ya juegan a la bola y otros están parados con la
mano en la cintura descamisados y otros con las manos en los bolsillos de sus pantalones, con actitud de no saber
qué hacer en este nuevo día que comienza. Al ver a los visitantes se quedan
asombrados y hablan en secretos. Entonces unos sospechosos salen corriendo
confundidos pensando que somos ley o autoridad. Nosotros en señal de disimulo
iniciamos a tomar fotos, pues no nos conviene que nos confundan con las
autoridades. Ellos reaccionan y se alejan, argumentando que no
quieren salir en fotografías.
Entretenidos observando el peligro
de la casona, escuchamos que se acerca una volqueta de aquellas que transportan
la arena del puerto a cualquier lugar de la ciudad. Enseguida se acerca un
joven con una pala e inicia a posicionar su cuerpo para tomar la herramienta
y vemos como sus fornidos músculos de
sus brazos, sobresalen por encima de sus pechos e inicia a inclinarse para
depositar la arena almacenada en el piso y pasarla al vagón de la volqueta.
Cada palada del joven permite escuchar un chasquido producido por el contacto
de la arena con la pala: chas...Chas...Chas….
Al lado contrario hay una joyería
en donde se escucha el ruido del yunque que golpea el metal para darle forma al
oro después de llevar calor. Este sonido se combina con el del carnicero,
picando los huesos de la carne a ritmo de golpe de campana, pero con la
sonoridad de un hacha cuando entra en un
pedazo de hueso. La cierra eléctrica produce un sonido estridente que fastidia
al oído, parecido al de una fresa de una unidad odontológica. Si este ruido nos
fastidia, al mirar al fondo por las escalas, nuestra vista choca con algo que
nos fastidia más: es un enorme basurero recostado a la orilla del rio, como
resultado del mal manejo de las basuras por parte de los habitantes de ese
sector o probablemente de la mala educación que al respecto han recibido.
A lado y lado de la avenida
portuaria hay unas casas que sirven de
residencias temporales, para las personas que vienen de los pueblos a
realizar trámites y que no pueden volver
a sus lugares en el mismo día.
Como es un día viernes, se aproxima
la temporada alta de visitantes y las encargadas de las residencias caminan
afanosamente recogiendo algunos trapos que se encuentran guindados en el balcón
de madera y otros huéspedes, observan desprevenidos la llegada de los botes cargados
con maletas y pasajeros que arriban a la orilla del rio. Las rapimotos con sus característicos
sonidos, unos más estruendosos que otros,
empiezan a llegar y se van colocando a lado y lado de la calle a esperar
la avalancha de pasajeros que cargados necesitan transportarse a distintos
sitios de la ciudad.
Nuestros oídos inician la tarea de
dividir sus polos y agudizar la escucha para poder detectar cada sonido o cada
ruido que entre si se confunden:
El llanto de un niño de no más de 3
años, agotado por el cansancio del viaje
nos llama la atención. Este llora desesperadamente casi gritando y aferrándose
a la vestimenta de su madre, quien desesperada lo sacude y le grita que se calle, mientras pregunta
rapi?, rapi?…la señora se agacha un poco y levanta al niño del piso colocándolo
en su cintura sosteniéndolo con un brazo mientras sus piernitas rodean la
cintura de la madre, que apurada le entrega un bolso al rapimotero mientras
asegura a otro niño o niña de brazos en su pecho. Ella se monta en la moto en
forma habilidosa, el rapimotero acelera,
y se pierden hacia su destino.
Una joven señora, arrastra un carruaje
o coche de niño muy viejo y destartalado que produce un sonido estridente de
carreta vieja en cuyo interior lleva unas bolsas, se para en la mitad de la calle obstruyendo el
paso de los viajeros que afanosamente quieren salir del puerto. Todos quieren
agarrar sus equipajes. Unos los llevan colgados en las manos y otras se los
montan en sus cabezas. Los cuerpos pareciesen
doblarse o inclinarse a un lado por el peso de lo que cargan o hacia
adelante para guardar el equilibrio y avanzar rápidamente. Las cabezas de las
mujeres sostienen las maletas y los bultos traídos de la orilla del rio, y
hasta el sombrero de algunas recibe la ponchera llena de pepa de árbol del pan
y de algunos otros frutos que vienen entre los costales.
Las canoas cargadas de caña vienen de la Molana, del rio Munguidó, de la Baulata. Al sacar la caña de la canoa,
los movimientos corporales de los encargados de este oficio, al agacharse
incorporan el cuerpo de tal manera que la
cabeza queda cerca al piso y el tronco y la cadera lo elevan como
si con él, quisieran mirar el cielo.
Entre el venir de la gente, se
escucha una voz femenina que pregunta: ¿y a cómo es que tenés la totuma? No
alcanzamos a escuchar la respuesta porque divisamos una canoa muy grande que venía de Bojayá, cargada con más de 120 raciones de plátanos. Al
llegar a la orilla del rio la gente que está esperando para comprar en especial
los revendedores, se tiran a las canoas que están cercanas para aproximarse a
la canoa que acaba de llegar, y así, poderlo comprar el plátano más barato, lo que
permite formar una algarabía propia de un mercado o semejante al ruido que
producen los peces en
época de subienda por el
majestuoso rio y pudiendo aplicar el
popular y regional refrán que dice: ¡en la bulla de los cocos, se van los de
granados!. Todos quieren comprar barato, se forma entonces el mercado del
recateo en donde pudimos
aplicar otro refrán: ¡en rio revuelto, ganancia de pescadores!
Pasa por el rio un bote con un motor 200, se
produce un oleaje que permite poner en movimiento las aguas del rio que
generalmente pasan tranquilas y serenas.
Entonces las personas que están recateando dentro de las canoas, pierden el
equilibrio y es cuando se agarran de lo que pueden para no irse al agua. Se
alcanzan a escuchar los gritos y las voces de los que compran que aumentan el
volumen de la voz para hacerse entender o para que el vendedor prefiera más a
un comprador que a otro, y nos permite
pensar de nuevo que siempre ¡en rio
revuelto ganancia de pescadores!
Hoy es otro día, regresamos un
lunes para ver la afluencia de la gente. Pudimos observar que los lunes y
martes casi no hay ruido de equipos ni
nada por el estilo, pues la afluencia de
la gente es poca, solo se escucha un picó
o equipo de sonido emitiendo una sonoridad musical a ritmo de ballenato.
Una secuencia de restaurantes improvisados en donde se consumen comidas baratas
y populares están vacíos. A falta de clientes, unos niños se divierten
jugando dominó, mientras las propietarias de los restaurantes callejeros,
aguardan ansiosas el próximo fin de semana,
para que vuelva la música, el comercio,
los transeúntes, las mujeres con sus niños, las motos, los bultos, los
alimentos, y los campesinos para el encuentro con los citadinos, en busca de
los que unos traen para que otros lleven, mientras el rio Atrato pasa y calla
todo lo que ha visto, oponiéndose a todo
tipo de ruido, porque en silencio
siempre escucha hablar, a esta parte de la ciudad.
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