martes, 29 de octubre de 2013

Recorrido por la orilla del río: del puerto arenero al Malecón de Quibdó


Por: 
Edilma Murillo Oliveros
Mary Nancy Moreno Perea
Reyes Enrique Martínez Moreno

Es un día viernes, y  son las 6 de la mañana. Iniciamos un recorrido de observación en plena orilla del rio en el puerto arenero, y el puerto platanero, en la escala principal de la subida al segundo piso del mercado. A este lugar  convergen gran cantidad de gente que están en constante movimiento en su diario quehacer. Los botes grandes medianos y pequeños que llegan cargados, procedentes de diversas playas,  son centros de recolección de arena clasificada en  fina, arenón y revoltura.  Esta arena es  la que venden  utilizan para la construcción de edificaciones en Quibdó y pueblos aledaños.

Las personas que llegan a este puerto ya tienen determinados los días de la semana para realizar diferentes actividades: los  lunes y martes llegan de otras poblaciones  vecinas a  realizar trámites médicos y a realizar negocios de bancos y otras actividades de tipo personal, los fines de semana, vienen a realizar mercados y a proveerse de víveres y enseres que les permitan sobrevivir realizando sus actividades cotidianas, como también  a vender lo producido  como producto de sus trabajos  en la  circulación de la economía tradicional  durante la semana.

En la tranquilidad de la mañana y con la serenidad que transmite el rio Atrato, podemos escuchar la cuchilla de un aserrío,   el cual se encuentra  a mano derecha de la única calle que permite entrar a este sector directamente desde la 20 o mejor dicho, desde la parte frontal de la mal llamada plaza de mercado.

Se confunden pues,  los ruidos vocales de las personas que allí trabajan gritando para la consecución del ordenamiento de la madera y el comprador que vocifera averiguando por el valor de cada precio de la docena de tabla, con la clasificación que amerita cada  necesidad como son: portaletes, cuatro por cuatro, tablones, guayacanes, tablas traslapadas etc., etc.

Algunas mujeres que se encuentran desprevenidas realizando sus oficios diarios, caminan en forma lenta y desgarbadas, como si el peso de la vida pusiera límite a sus pies para separarlos de la tierra en cada paso que les permite avanzar, es como si al estar caminando quisieran detenerse para mirar a su alrededor y darse cuenta en donde están transitando. Al caminar tienen una mirada fija que no se alcanza a dimensionar hacia donde está  dirigida, pues además de  caminar lento, caminan  cabizbajas, se les nota una actitud de desinterés y a la vez de conformismo como si en alguna parte lejana,  se les hubiera quedado la esperanza.

Algunos niños están parados en las puertas de sus casas. Por sus semblantes se puede entender que  acaban de levantarse. Algunas señoras salen de las casas con las manos vacías, como si fuesen en busca del pan del día. Los niños las observan desde sus sitios matutinos un tanto semidesnudos con la boca entreabierta así como hacen los pajaritos cuando la madre pájara se aleja del nido, con la seguridad de que algo ha de traer a su regreso. 

No puede pasar desapercibida,  una casa  de tres pisos construida en madera  y cuyo techo está hecho con láminas de zinc,  el cual se está desarmando como si no tuviese dueño, ya que parece un palomar en abandono.  La briza matutina del rio, hace que las láminas se muevan constantemente, produciendo un ruido similar al de una carreta cuando está sin aceitar. Cuando la briza se apresura y toma fuerza, ésta, levanta las láminas y las azota contra el maderaje viejo, como si tuviera rabia de que a la gente no le importase el peligro que pudieran afrontar si llegara a desprenderse algún pedazo de lámina vieja de este techo.

En el primer piso de la casona vieja, unos muchachos jóvenes ya juegan a la bola y otros están parados con la mano en la cintura descamisados y otros con las manos en los bolsillos  de sus pantalones, con actitud de no saber qué hacer en este nuevo día que comienza. Al ver a los visitantes se quedan asombrados y hablan en secretos. Entonces unos sospechosos salen corriendo confundidos pensando que somos ley o autoridad. Nosotros en señal de disimulo iniciamos a tomar fotos, pues no nos conviene que nos confundan con las autoridades.  Ellos  reaccionan y se alejan, argumentando que no quieren salir en fotografías.
Entretenidos observando el peligro de la casona, escuchamos que se acerca una volqueta de aquellas que transportan la arena del puerto a cualquier lugar de la ciudad. Enseguida se acerca un joven con una pala e inicia a posicionar su cuerpo para tomar la herramienta y  vemos como sus fornidos músculos de sus brazos, sobresalen por encima de sus pechos e inicia a inclinarse para depositar la arena almacenada en el piso y pasarla al vagón de la volqueta. Cada palada del joven permite escuchar un chasquido producido por el contacto de la arena con la pala: chas...Chas...Chas….

Al lado contrario hay una joyería en donde se escucha el ruido del yunque que golpea el metal para darle forma al oro después de llevar calor. Este sonido se combina con el del carnicero, picando los huesos de la carne a ritmo de golpe de campana, pero con la sonoridad  de un hacha cuando entra en un pedazo de hueso. La cierra eléctrica produce un sonido estridente que fastidia al oído, parecido al de una fresa de una unidad odontológica. Si este ruido nos fastidia, al mirar al fondo por las escalas, nuestra vista choca con algo que nos fastidia más: es un enorme basurero recostado a la orilla del rio, como resultado del mal manejo de las basuras por parte de los habitantes de ese sector o probablemente de la mala educación que al respecto han recibido.
A lado y lado de la avenida portuaria hay unas casas que sirven de  residencias temporales, para las personas que vienen de los pueblos a realizar trámites  y que no pueden volver a sus lugares en el mismo día.

Como es un día viernes, se aproxima la temporada alta de visitantes y las encargadas de las residencias caminan afanosamente recogiendo algunos trapos que se encuentran guindados en el balcón de madera y otros huéspedes, observan desprevenidos la llegada de los botes cargados con maletas y pasajeros que arriban a la orilla del rio.  Las rapimotos con sus característicos sonidos, unos más estruendosos que otros,  empiezan a llegar y se van colocando a lado y lado de la calle a esperar la avalancha de pasajeros que cargados necesitan transportarse a distintos sitios de la ciudad.

Nuestros oídos inician la tarea de dividir sus polos y agudizar la escucha para poder detectar cada sonido o cada ruido que entre si se confunden:

El llanto de un niño de no más de 3 años,  agotado por el cansancio del viaje nos llama la atención. Este llora desesperadamente casi gritando y aferrándose a la vestimenta de su madre, quien desesperada lo sacude  y le grita que se calle, mientras pregunta rapi?, rapi?…la señora se agacha un poco y levanta al niño del piso colocándolo en su cintura sosteniéndolo con un brazo mientras sus piernitas rodean la cintura de la madre, que apurada le entrega un bolso al rapimotero mientras asegura a otro niño o niña de brazos en su pecho. Ella se monta en la moto en forma habilidosa, el rapimotero acelera,  y se pierden hacia su destino.

Una joven señora, arrastra un carruaje o coche de niño muy viejo y destartalado que produce un sonido estridente de carreta vieja en cuyo interior lleva unas bolsas,  se para en la mitad de la calle obstruyendo el paso de los viajeros que afanosamente quieren salir del puerto. Todos quieren agarrar sus equipajes. Unos los llevan colgados en las manos y otras se los montan en sus cabezas. Los cuerpos pareciesen  doblarse o inclinarse a un lado por el peso de lo que cargan o hacia adelante para guardar el equilibrio y avanzar rápidamente. Las cabezas de las mujeres sostienen las maletas y los bultos traídos de la orilla del rio, y hasta el sombrero de algunas recibe la ponchera llena de pepa de árbol del pan y de algunos otros frutos que vienen entre los costales.

Las canoas cargadas de caña  vienen de la Molana, del rio Munguidó,  de la Baulata. Al sacar la caña de la canoa, los movimientos corporales de los encargados de este oficio, al agacharse incorporan el cuerpo de tal manera que la  cabeza  queda cerca al  piso y el tronco y la cadera lo elevan como si con él, quisieran  mirar el cielo.

Entre el venir de la gente, se escucha una voz femenina que pregunta: ¿y a cómo es que tenés la totuma? No alcanzamos a escuchar la respuesta porque divisamos una canoa muy grande  que venía de Bojayá, cargada  con más de 120 raciones de plátanos. Al llegar a la orilla del rio la gente que está esperando para comprar en especial los revendedores, se tiran a las canoas que están cercanas para aproximarse a la canoa que acaba de llegar, y así,    poderlo comprar el plátano más barato, lo que permite formar una algarabía propia de un mercado o semejante al ruido que producen  los peces  en  época de  subienda por el majestuoso  rio y pudiendo aplicar el popular y regional refrán que dice: ¡en la bulla de los cocos, se van los de granados!. Todos quieren comprar barato, se forma entonces el mercado del recateo  en  donde pudimos  aplicar otro refrán: ¡en rio revuelto, ganancia de pescadores!

 Pasa por el rio un bote con un motor 200, se produce un oleaje que permite poner en movimiento las aguas del rio que generalmente pasan  tranquilas y serenas. Entonces las personas que están recateando dentro de las canoas, pierden el equilibrio y es cuando se agarran de lo que pueden para no irse al agua. Se alcanzan a escuchar los gritos y las voces de los que compran que aumentan el volumen de la voz para hacerse entender o para que el vendedor prefiera más a un comprador que a otro,  y nos permite pensar de nuevo que siempre  ¡en rio revuelto ganancia de pescadores!

Hoy es otro día, regresamos un lunes para ver la afluencia de la gente. Pudimos observar que los lunes y martes  casi no hay ruido de equipos ni nada por el estilo,  pues la afluencia de la gente es poca, solo se escucha un picó  o equipo de sonido emitiendo una sonoridad musical a ritmo de ballenato. Una secuencia de restaurantes improvisados en donde se consumen comidas baratas y populares están vacíos.   A falta de clientes, unos niños se divierten jugando dominó, mientras las propietarias de los restaurantes callejeros, aguardan ansiosas el próximo fin de semana,  para que vuelva la música, el comercio,  los transeúntes, las mujeres con sus niños, las motos, los bultos, los alimentos, y los campesinos para el encuentro con los citadinos, en busca de los que unos traen para que otros lleven, mientras el rio Atrato pasa y calla todo lo que ha visto,  oponiéndose a todo tipo de ruido, porque en silencio  siempre escucha hablar, a esta parte de  la ciudad.

viernes, 18 de octubre de 2013

Las fiestas patronales del Chocó avivan las corporalidades y sonoridades de la primera infancia


Por:Carmen Inés Rentería Rentería


Los  infantes en la ciudad de Quibdó y sus alrededores, asumen las fiestas patronales desde diferentes roles, ya sea de espectadores, instrumentistas,  bailarines entre otros; lo más importante para la familia es la participación de los niños y niñas en las festividades.

Vivir y disfrutar las festividades del seráfico de Asís  en Quibdó, no es solo para adolescentes, jóvenes  y  adultos, sino también para los niños,  niñas y la criaturas que se encuentran dentro vientre materno y perciben desde la cinestesia materna las música, las sonoridades  y los     movimientos corporales como parte de su ambiente natural.

El escuchar el sonido de  la tambora, el clarinete, el bombardino, la requinta, los platillos en brazos de su madre, este niño (a) guarda unos códigos sonoros los cuales se reproducen dentro de su cotidianidad al avanzar la edad, dando como resultado una persona que ama, disfruta, vive, siente, su historia pasada, presente y futura de un pueblo que lo vio nacer, donde pudo desarrollarse y  realizar grandes aportes en la contextualización de las sonoridades propias de la cultura musical del  su tierra en este caso el Chocó.

El expresar el sentir corporal y sonoro de  los infantes de la étnia negra hace parte  de la naturalidad en que se asimilan los procesos en los niños en sus primeros años de vida, donde no existen prejuicios sociales ni culturales, dando respuestas a un aprendizaje “no técnico” pero con un gran contenido de satisfacción por hacer las cosas.

Ser espectadores  en los primeros años, tiene su sentido, ya que por medio de la observación el infante empieza a expresar con naturalidad códigos recibidos desde el vientre materno donde el palmoteo, la risa, la carcajada y los movimientos corporales “descoordinados” son el resultado de un aprendizaje gestacional, siendo los verdaderos maestros culturales la familia  y contexto social donde se desarrolla.

Al aumentar la edad  en estos infantes el rol cambia, ya   no son solo observadores, si no participantes activos donde los gestos,  la escucha, la coordinación, la repetición han puesto en la vida de estos niños y niñas un nuevo código de aprendizaje, el cual es aplicado y ejecutado con movimientos corporales.

Cabe anotar que los niños y niñas en sus primeros años de vida, son un “esponja” que absorben todos los conocimientos que encuentran en su entorno sociocultural, sin dejar de lado los principios y valores inculcados en el hogar y se contextualizan en la sociedad. A partir de lo anterior las fiestas deben despertar en la sociedad un nuevo aprendizaje, donde la convivencia pacífica sea el eje transversal de las fiestas patronales de Quibdó.

En la primera infancia las estéticas corporales también juegan un papel importante, donde el niño o niña, hace parte de las comparsas de los adultos, sin dejar de lado la protección de deben recibir por ser una persona vulnerable, y la prelación en cuanto a la ubicación espacial. El San pachito visibiliza el trabajo coreográfico infantil, donde los preescolares se preparan cada año para este gran momento, convirtiéndose en la puerta de entrada a las festividades de nuestro santo patrono. 

Las festividades eran, son y serán patrimonio de la cultura dancística, musical, creativa y sonora, no solo de los adultos,  sino también de los niños y niñas que son en resumidas cuentas son  los que conservan las raíces culturales de los pueblos.